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sábado, 2 de agosto de 2008

Hallaron los cuerpos de los hijos de la pareja asesinada

Efectivos de la Policía Científica, de Caballería y de la Departamental Zárate-Campana rastrillaron los alrededores de la autopista entre los kilómetros 58 y 60, por orden del fiscal del caso, Marcelo Pernice. (Télam)

Venganza. Ese fue el móvil de los brutales asesinatos de Campana. “Bronca personal”, admitió Cristian Fernández ante la policía, detenido ayer en Morón. El hijo del principal acusado por el asesinato de Campana dijo mucho más: por ejemplo, que su padre Ángel evadía los sistemas de control domiciliario como quería y que salía a hacer su vida sin que la policía ni el Servicio Penitenciario lo detectaran. Cristian fue más lejos en su confesión: “Sí, están muertos, los chicos están muertos”.

La confensión fue real y los hijos de Marcelo Mansilla y Sandra Rabago, la pareja asesinada y abanonada a un costado de la autopista fueron también brutalmente asesinados.

Esta madrugada, la policía enciontró los cuerpos de los dos chicos, atados y golpeados con fiereza. Estaban semihundidos en un zanjón. Tenían amarrada una pesada piedra y estaban envueltos en una cobija color celeste, pertenciente a la familia. Aparecieron a la altura del kilómetro 50 de la Panamericana, a unos seis kilómetros de donde fueron encontrados los cadáveres de sus padres, el martes último, con las cabezas envueltas en cintas de embalar y masacrados con un objeto romo, lo más probable una maza.

Dos mazas y una pequeña sierra de mano se llevaron los policías ayer de la precaria casa situada en Velásquez 3864, Los Polvorines, partido de Islas Malvinas, donde vivían los tres detenidos: Angel Fernández, de 41 años, su hijo Cristian, de 22, y Jesús Cáceres, de 47, medio hermano del mayor. En la vivienda, casi una tapera, también viven Clara y Estela Maris, la madre y la mujer de Angel. La pareja tenía cinco hijos, fruto de diversas uniones.

“Se toma la presión. 2 pesos”, anuncia un cartel de chapa, clavado sobre un árbol en la parte delantera de la casa. En el barrio, dicen que los conocimientos de enfermería, en rigor, tenían otro fin. Y hablan de prácticas ilegales que realizan las viejas parteras. Los perros buscadores de rastros se pusieron muy nerviosos cuando después de las 19 llegaron a la casa, que ya había sido allanada el jueves. Uno de los perros fue entrenado para buscar cadáveres y el otro, rastros. El primero se puso a ladrar a lo loco en la habitación donde vive Jesús. Lo mismo ocurrió cuando llegó a la zona del chiquero.

Allí hay una casilla de madera, donde duerme Cristian. Los vecinos dijeron haber visto en el lugar dos bolsas de consorcio, que despedían un olor aún más nauseabundo que el del chiquero. Cristian dijo que las haría desaparecer. Cómo la búsqueda no dio resultados, los perros fueron llevados hasta la Panamericana, orientados ya por los datos aportados por Cristian.

Más temprano un vecino de Glew, en el sur del Gran Buenos Aires, dijo haber visto en su terreno restos de cabellos y la mano de un niño debajo de un montículo de tierra. Hasta allí se trasladaron los investigadores, pero con el correr de las horas la noticia se diluyó: no habían encontrado nada.

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