"Hace rato decidí no escribir para los periodistas y preocuparme más por lo que juzgue el lector. Los periodistas ya casi no leen", disparó Murano. (Nicolás Correa)
A fines de mayo, le propusieron escribir un libro sobre Alfredo De Angeli. En la primera semana de julio, se encontró con su libro El agitador encuadernado en las librerías céntricas. Fue un viaje vertiginoso de cuarenta días en los que el estrés le cerró el esófago, le dio un sarpullido en las piernas y lo tiró en la cama con una fuerte gripe. Adrián Murano es un periodista gráfico reconocido, que lleva años trabajando en varios medios de la ciudad; por eso, cuando el viernes entró a la redacción de Crítica de la Argentina, y varios colegas, con quienes alguna vez compartió lugar de trabajo, gritaron con más cariño que voluntad de denuncia: “¡Guarden las cartucheras, que llegó el ladri!”, sólo atinó a reírse y a hacerse cargo de una sospecha generalizada: escribir un libro en un mes es un robo.
–¿Sos un ladri?
–No, no soy ningún ladri.
–¿Y si te dicen que suena poco serio hacer un libro en tan poco tiempo?
–Yo mismo me lo dije. Se ve que es un prejuicio común entre los periodistas. Pero el asunto es ése: es un prejuicio de los periodistas. No veo a los lectores preocupados por el tiempo que demoró en escribirse un libro. El lector, en tal caso, lee y decide si un libro le gusta o no, si es sólido o es una porquería. Pasa lo mismo con una nota: ¿qué le importa al lector si el periodista demoró dos años en conseguir a un entrevistado? El tipo paga para leer la entrevista, el esfuerzo en conseguirla forma parte del laburo, para eso nos pagan. Es como si un kiosquero nos contara cuánto le costó salir de la cama para vendernos un atado de puchos. Por suerte, hace rato decidí no escribir para los periodistas y preocuparme más por lo que juzgue el lector. Además, los periodistas ya casi no leen.
–¿Cómo y cuándo nació El agitador?
–A fines de mayo me llaman de la editorial Planeta y tengo una reunión con la editora Paula Pérez Alonso y con el editor general Ignacio Pereyra Iraola, y me preguntan si creo que se puede hacer. Entonces yo les digo que una biografía lleva dos años, pero que lo que sí se podía hacer y me interesaba mucho era –yo hace años que lo vengo siguiendo, porque me interesa– el tema de la sojización. El año pasado había empezado a escribir sobre las guardias blancas del Norte, que son grupos armados en el Norte que pertenecen a los barones de la soja, y desplazan a campesinos y aborígenes para usar sus tierras para la soja. Ahí me doy cuenta de que puedo usar a De Angeli como relator de una historia que sí me interesa y en la que venía trabajando. A ver (Murano usa mucho la muletilla “a ver”), ¿de qué habla este conflicto? Del conflicto argentino de los últimos doscientos años. De unitarios y federales enfrentados por el cobro aduanero. Contar el perfil de De Angeli me servía para relatar eso con todos sus integrantes y explicarlo sin problemas de espacio. Una nota larga, explicativa, donde nada queda afuera.
Entonces fue que Adrián Murano, periodista, argentino, divorciado, un hijo –Joaquín, al que hoy está llevando al Parque de la Costa como retribución por haberse borrado durante un mes de su trabajo de padre– tomó el auto y se fue a Gualeguaychú, a ver si era posible hacer ese libro que él ya pensaba como un gran fresco que explicara la coyuntura dentro de un contexto mayor. Llegó a la ciudad de los cortes y, como en una película de realismo mágico, se encontró a su fulminante objeto de deseo, Alfredo De Angeli, solito, sentado en la plaza. A pocos metros de ahí estaban tomando la Municipalidad. Entonces Adrián le largó todo lo que había estado pensando. Le dijo que quería acompañarlo varios días, hablar con la familia, los inicios, los cortes, Urquiza, Artigas. De Angeli lo dejó hablar, creó un poco de expectativa antes de contestar –Murano estaba expectante, ya que de lo que dijera ese hombre curtido dependía si podía realizar o no su sueño– y contestó: “Mirá, me parece que vos estás buscando a mi hermano”. Como en una de enredos, efectivamente, era Atilio, el mellizo.
Fueron tres días en Gualeguaychú, en medio del corte. Eso facilitó el trabajo de Murano y de su indispensable ayudante, Carlos Romero. Todos los protagonistas a entrevistar estaban allí, con mucho tiempo a disposición, entre parientes, amigos, militantes. Cada dato podía ser chequeado al instante y cada nueva información era consultada con todos los presentes. Volvió a la ciudad Murano y dejó a Romero con las entrevistas. Ni se volvió a reunir con la gente de la editorial. Les avisó por teléfono que sí, que era posible. Y se metió en la aventura.
–Me ayudó para poder hacerlo tener una hipótesis muy clara. Escribí teniendo en cuenta que este conflicto chacarero es uno más de una serie, forma parte de una historia de tensión entre dos maneras de concebir la Argentina. El perfil de Alfredo sirve para poner este conflicto en un proceso general. De eso habla el libro y sobre eso yo vengo trabajando hace años.
–¿Cómo se escribe un libro en un mes?
–Me levantaba a las 5 de la mañana, desayunaba diarios y, a las 13.30, me iba a la revista (trabaja en Veintitrés). A la noche volvía a casa y trabajaba hasta las 12 de la noche. Nunca más de eso, por más que tuviera ganas. A las dos semanas y un poco más, por el estrés, se me cerró el esófago y ya no pude comer sólidos. Me tuve que alimentar a sopa. Pero fijate vos, descubrí que comiendo sólo sopa ¡se puede escribir al mismo tiempo que cenar!
–¿Sólo sopa?
–Y whisky, claro.
–¿Y los fines de semana?
–Ahí sí, era todo el tiempo, 14 horas, o más.
–Tampoco fueron taaaantos fines de semana. (Risas) Un libro escrito tan rápidamente ¿no corre el riesgo de ser olvidado también tan rápidamente?
–Es posible. Mi apuesta es a que esto sea un aporte de información más profunda de la que podría dar en un medio de comunicación que permita entender la coyuntura, y no es poco.
–¿Te enojaste alguna vez con el libro?
–No tuve tiempo, pero sí, cerca del final dije “no, lo hago, es una locura”, me había dado una gripe terrible que me tiró en la cama, y además tenía sarpullido en las piernas.
–¿Cómo decidiste el final?
–Cuando Cristina (Kirchner) mandó el tema al Congreso, me di cuenta de que había algo que se cortaba, de que era un final posible.
–¿Y cómo fue el momento del punto final?
–Fue a las tres de la mañana del viernes 27 de junio. Punto final, último whisky y ¡me di cuenta de que me había quedado sin cigarrillos! Por suerte, me había quedado un habano que me había regalado Roberto Caballero (director de revista Veintitrés) y ahí sí, me lo fumé, ya estaba tranquilo.
–Entraste a la redacción y amigos y colegas tuyos que te conocen hace años te dijeron en broma “ladri”. ¿Qué pasa si alguien te lo dice de verdad?
–No hice literatura, ni un ensayo, hice un libro periodístico bien escrito que explica el fenómeno. Trabajé como si fuera una muy larga nota periodística. Estoy muy orgulloso del libro y lo que puedo decir a quien me acuse de algo es “leelo”. Es la mejor respuesta. Quien lea el libro sabrá que no es un robo.
O. Bazan
Critica de la Argentina
–¿Sos un ladri?
–No, no soy ningún ladri.
–¿Y si te dicen que suena poco serio hacer un libro en tan poco tiempo?
–Yo mismo me lo dije. Se ve que es un prejuicio común entre los periodistas. Pero el asunto es ése: es un prejuicio de los periodistas. No veo a los lectores preocupados por el tiempo que demoró en escribirse un libro. El lector, en tal caso, lee y decide si un libro le gusta o no, si es sólido o es una porquería. Pasa lo mismo con una nota: ¿qué le importa al lector si el periodista demoró dos años en conseguir a un entrevistado? El tipo paga para leer la entrevista, el esfuerzo en conseguirla forma parte del laburo, para eso nos pagan. Es como si un kiosquero nos contara cuánto le costó salir de la cama para vendernos un atado de puchos. Por suerte, hace rato decidí no escribir para los periodistas y preocuparme más por lo que juzgue el lector. Además, los periodistas ya casi no leen.
–¿Cómo y cuándo nació El agitador?
–A fines de mayo me llaman de la editorial Planeta y tengo una reunión con la editora Paula Pérez Alonso y con el editor general Ignacio Pereyra Iraola, y me preguntan si creo que se puede hacer. Entonces yo les digo que una biografía lleva dos años, pero que lo que sí se podía hacer y me interesaba mucho era –yo hace años que lo vengo siguiendo, porque me interesa– el tema de la sojización. El año pasado había empezado a escribir sobre las guardias blancas del Norte, que son grupos armados en el Norte que pertenecen a los barones de la soja, y desplazan a campesinos y aborígenes para usar sus tierras para la soja. Ahí me doy cuenta de que puedo usar a De Angeli como relator de una historia que sí me interesa y en la que venía trabajando. A ver (Murano usa mucho la muletilla “a ver”), ¿de qué habla este conflicto? Del conflicto argentino de los últimos doscientos años. De unitarios y federales enfrentados por el cobro aduanero. Contar el perfil de De Angeli me servía para relatar eso con todos sus integrantes y explicarlo sin problemas de espacio. Una nota larga, explicativa, donde nada queda afuera.
Entonces fue que Adrián Murano, periodista, argentino, divorciado, un hijo –Joaquín, al que hoy está llevando al Parque de la Costa como retribución por haberse borrado durante un mes de su trabajo de padre– tomó el auto y se fue a Gualeguaychú, a ver si era posible hacer ese libro que él ya pensaba como un gran fresco que explicara la coyuntura dentro de un contexto mayor. Llegó a la ciudad de los cortes y, como en una película de realismo mágico, se encontró a su fulminante objeto de deseo, Alfredo De Angeli, solito, sentado en la plaza. A pocos metros de ahí estaban tomando la Municipalidad. Entonces Adrián le largó todo lo que había estado pensando. Le dijo que quería acompañarlo varios días, hablar con la familia, los inicios, los cortes, Urquiza, Artigas. De Angeli lo dejó hablar, creó un poco de expectativa antes de contestar –Murano estaba expectante, ya que de lo que dijera ese hombre curtido dependía si podía realizar o no su sueño– y contestó: “Mirá, me parece que vos estás buscando a mi hermano”. Como en una de enredos, efectivamente, era Atilio, el mellizo.
Fueron tres días en Gualeguaychú, en medio del corte. Eso facilitó el trabajo de Murano y de su indispensable ayudante, Carlos Romero. Todos los protagonistas a entrevistar estaban allí, con mucho tiempo a disposición, entre parientes, amigos, militantes. Cada dato podía ser chequeado al instante y cada nueva información era consultada con todos los presentes. Volvió a la ciudad Murano y dejó a Romero con las entrevistas. Ni se volvió a reunir con la gente de la editorial. Les avisó por teléfono que sí, que era posible. Y se metió en la aventura.
–Me ayudó para poder hacerlo tener una hipótesis muy clara. Escribí teniendo en cuenta que este conflicto chacarero es uno más de una serie, forma parte de una historia de tensión entre dos maneras de concebir la Argentina. El perfil de Alfredo sirve para poner este conflicto en un proceso general. De eso habla el libro y sobre eso yo vengo trabajando hace años.
–¿Cómo se escribe un libro en un mes?
–Me levantaba a las 5 de la mañana, desayunaba diarios y, a las 13.30, me iba a la revista (trabaja en Veintitrés). A la noche volvía a casa y trabajaba hasta las 12 de la noche. Nunca más de eso, por más que tuviera ganas. A las dos semanas y un poco más, por el estrés, se me cerró el esófago y ya no pude comer sólidos. Me tuve que alimentar a sopa. Pero fijate vos, descubrí que comiendo sólo sopa ¡se puede escribir al mismo tiempo que cenar!
–¿Sólo sopa?
–Y whisky, claro.
–¿Y los fines de semana?
–Ahí sí, era todo el tiempo, 14 horas, o más.
–Tampoco fueron taaaantos fines de semana. (Risas) Un libro escrito tan rápidamente ¿no corre el riesgo de ser olvidado también tan rápidamente?
–Es posible. Mi apuesta es a que esto sea un aporte de información más profunda de la que podría dar en un medio de comunicación que permita entender la coyuntura, y no es poco.
–¿Te enojaste alguna vez con el libro?
–No tuve tiempo, pero sí, cerca del final dije “no, lo hago, es una locura”, me había dado una gripe terrible que me tiró en la cama, y además tenía sarpullido en las piernas.
–¿Cómo decidiste el final?
–Cuando Cristina (Kirchner) mandó el tema al Congreso, me di cuenta de que había algo que se cortaba, de que era un final posible.
–¿Y cómo fue el momento del punto final?
–Fue a las tres de la mañana del viernes 27 de junio. Punto final, último whisky y ¡me di cuenta de que me había quedado sin cigarrillos! Por suerte, me había quedado un habano que me había regalado Roberto Caballero (director de revista Veintitrés) y ahí sí, me lo fumé, ya estaba tranquilo.
–Entraste a la redacción y amigos y colegas tuyos que te conocen hace años te dijeron en broma “ladri”. ¿Qué pasa si alguien te lo dice de verdad?
–No hice literatura, ni un ensayo, hice un libro periodístico bien escrito que explica el fenómeno. Trabajé como si fuera una muy larga nota periodística. Estoy muy orgulloso del libro y lo que puedo decir a quien me acuse de algo es “leelo”. Es la mejor respuesta. Quien lea el libro sabrá que no es un robo.
O. Bazan
Critica de la Argentina