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miércoles, 23 de abril de 2008

¿NIÑOS Y JOVENES ESCLAVOS DEL MERCADO? - Ps. María Cecilia Asensio

Se me ha ocurrido poner en cuestión cuatro hechos de la vida cotidiana:

* Una vez, ante un grupo de pequeños niños, surgió la pregunta de: “¿Quién era un papá?”. La mayoría respondió: “Es el que me compra la compu…”; “Es el que me lleva al schopping los domingos..”; “Es el que me compra en el kiosco caramelos…”

“¿Y quién es una mamá?”, algunas de las respuestas: “Es la que me da de comer..”; “La que limpia….”, “La que parece una empleada…”; “La que me compra las cosas de la escuela…”

¿Cuál es la percepción de los niños de sus padres?
* Cuando se lleva a los niños a los lugares públicos destinados a los festejos de cumpleaños para los más pequeños, en un momento se les apagan las luces, se encienden las de colores y se los invita a bailar. Antes, han saltado cada uno solo, a su ritmo, con breves interacciones gestuales u orales, inaudibles por el alto sonido de la música.

¿Bajo qué modelo o ideal se instalan esos lugares para las infancias?

* Durante los meses de diciembre y agosto, se produce un “bombardeo” intenso, permanente, de propagandas con ofertas comerciales y mensajes tales como “ Para que los niños se sientan niños, comprele tal cosa..…”, “Haga feliz a su hijo con este último, exclusivo y descartable juguete”, “En SU día, lo mejor, este aparato (que no sirve más que para ser mirado o tocado) pero, es caro...”
¿Cuidar y respetar a un niño consiste en tener que darle cada vez, nuevos objetos?, y qué de la mayoría de los niños y jóvenes excluidos de esa posibilidad?
*Por último, la apertura del año escolar en Gualeguay tuvo, este año, un tinte muy singular, había que hacer algo novedoso, creativo y divertido: inaugurar el año en una confitería bailable, lugar destinado al baile, al consumo de alcohol y a la concurrencia de un sector social, fue la alternativa instrumentada.
¿Qué dice esto de la “cultura escolar, letrada”? para que resulte “interesante” hay pensarla en los códigos del mercado?
Cada uno de estos episodios ameritarían instancias de discusión para poder tomar conciencia crítica de lo que se pretende criticar: el empleo y manipulación del mercado a las infancias y a los jóvenes; la adolentización o juvenilización de la sociedad (vale lo que es juvenil o sus atributos: la oscuridad o nocturnidad, el baile, lo inmediato por ejemplo); la caída o declinación del lugar de los padres a “proveedores” cómodos, conformistas de los valores masificantes, adormecedores y narcotizantes del modelo capitalista y el deteriorado encuentro con aquella cultura ligada más bien a lo escrito, lo académico, lo abstracto, es decir, con el patrimonio acumulado de conocimientos (a distribuir para todos).
Si estos hechos pueden ser narrados, es decir, pensados, transmitidos es porque el ser humano tiene esa capacidad, distintiva, de poder simbolizar, abstraer, interrogarse, pensarse, tomar distancia para conocer y generar actos comprometidos y libres.
La propuesta sería que a estos hechos cotidianos se los pueda pensar críticamente, esto es, asumir la crítica como el acto de conocer algo, tomar distancia de lo que se pretende discernir y desenmascarar lo que oculta: el uso del ser humano como cosa por el mercado, el TENER en reemplazo al SER, la liviandad y el ocaso de los afectos, y el adormecimiento de la capacidad de poder decir NO a lo que se impone como único, hegemónico, totalizante, válido.
Vivimos bajo el lema: “Todos hermanados en el mismo consumo, todos “felices” si compramos: objetos, imágenes, novedades en forma rápida. Todos podemos, como los objetos, ser reemplazos o desechados”
Los efectos de esto están a la vista, naturalizados, padecidos a diario, dados como obvios o inevitables: escaladas de violencia social, exclusión de la mayoría, barbarie (al no haber Ley no hay posibilidad de lazo social). Los niños y jóvenes tratados como objetos de consumo.

Pero quién tiene que pensar esta manipulación?
La consecuencia de que haya adultos desencantados es que estas generaciones están solas, huérfanas.
¿No podría hacerse lugar a la posibilidad de dudar y cuestionar lo que se impone, trasmite masivamente como “lo natural, “lo que debe ser (por el mercado)” y creer en que una nueva sociedad es posible?, no vale ya el intento de pensarla como posibilidad?
La duda, la pregunta, ya son transformadores. El decir NO ya es revolucionario.
O nos hemos dejado ganar por el desencanto y la desesperanza que el sistema genera, entregándole a nuestros seres más preciados: nuestros niños y jóvenes?
Para seguir leyendo y pensando: “La sociedad de los hijos huérfanos” de Sergio Sinay; “La cuestión de infancia” de Sandra Carli

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